Los amigos son como la sangre…

Rafa Lozano

Los amigos son como la sangre, cuando se está herido acuden sin que se los llame.

No es un frase hecha. Cuando conocí a Rafa allá por el mes de abril de 1992 no atisbé a pensar por un momento que sería el mejor de mis amigos. Sin embargo meses después en la primera visita de Rafa a casa, con su novia Lola,   con su amigo Guillermo y con Pino, la hermana pequeña de Lola, en diciembre de ese mismo año comencé a darme cuenta del tesoro que tienes cuando tus amigos son de verdad.

Rafa Lozano vino a Madrid invitado por nuestro inseparable Jesús Poveda para participar en diferentes actos pro vida que iban a tener lugar en la capital de España y que culminaron en la gran manifestación en favor de la vida que tuvo lugar en la Puerta del Sol, en la que tuve la gran suerte, gracias a mi altura, de llevar en hombros al artífice de esa “movida” y de otras muchas de los siguientes 25 años, el doctor Jesús Poveda de Agustín.

La fotografía que preside esta entrada nos la hicieron hace 25 años en el salón de actos de la conocida urbanización de Santo Domingo de Madrid.

Como escribí en mi primera entrada trato con estos artículos que conozcáis detalles personales de mi relación de amigos con Rafa Lozano. Y también que conozcáis los testimonios de amigos de Rafa Lozano que se han cruzado en el camino de Rafa en los últimos 25 años.

Hoy comparto con vosotros el testimonio de Gonzalo Altozano, uno de esos amigos valiosos que conviene tener en la vida. Conviene sentarte y leer con calma. Los testimonios de estos amigos son profundos.

Era, en fin, tan generoso que siempre se estaba en deuda con él, pero lo era sin ser invasivo, todo lo contrario que el cáncer que lo mató y el tratamiento que resultó ineficaz. 

pastedGraphic.pngFue Jesús Poveda quien me avisó de que a Rafa Lozano lo habían ingresado en un hospital de la sierra de Madrid y quien me llevó hasta allí en moto. Huelga decir que Poveda me avisó con el plazo máximo con que él te avisa de las cosas -“en cinco minutos estate abajo”- y que condujo desafiando las leyes de la física y jugándose los dos puntos de carné que de milagro todavía le quedan. El tío conducía como si Rafa se estuviera muriendo. Y lo peor es que era verdad: Rafa se moría, y como el rayo. Lo cierto es que al llegar a la habitación, la 1014, dudé si entrar o no, no fuese que el enfermo me echara de allí con cajas destempladas y toda la razón del mundo. Porque yo llevaba un par de años sin dar apenas señales de vida; si el primer año la cosa pudo tener su explicación a cuenta de un exilio voluntario en Miami y una posterior reclusión en el Puerto de Santa María (no precisamente en régimen penitenciario), nada justificaba mi silencio -más allá de una o dos llamadas y tres o cuatro mensajes cruzados- de la segunda temporada, cuando tuve noticia de que a Rafa le habían diagnosticado cáncer de hígado, el asesino silencioso.

De mi corazón a mis asuntos

Si al final no me tiró a la cabeza el florero de la mesilla, la bandeja del desayuno o la botella del suero no fue porque a Rafa le costara ya pestañear y fuese el pálido reflejo del guanche fortachón que yo tenía registrado en mi memoria, que es como siempre querré recordarle. Fue, sencillamente, porque no era su estilo llevar las cuentas pendientes, mucho menos con los amigos. Tú podías llamarle con cualquier cosa a cualquier hora cualquier día que allí estaría él, sin exigir de ti lo mismo. Era, en fin, tan generoso que siempre se estaba en deuda con él, pero lo era sin ser invasivo, todo lo contrario que el cáncer que lo mató y el tratamiento que resultó ineficaz. Por eso no me afeó, qué sé yo, mi paradójico apego al desapego ni mi fea costumbre de recorrer sin cansarme el mismo camino siempre, ese que va de mi corazón a mis asuntos. Antes bien, me dijo, con un hilo de voz, que se alegraba de verme y me preguntó qué tal andaba, cómo me iba, qué me traía entre manos. Así era Rafa. Ese era Rafa. Rafa, Rafa.

Se armó el belén.

Tiene gracia, pero caigo ahora que la persona que me llevó a despedirme de él -Jesús Poveda- es la misma que me lo presentó, hace diez o doce años. Fue una vez que, literalmente, se armó el belén. La cosa es que el entonces alcalde de Madrid, Alberto Ruiz-Gallardón, decidió por el artículo 33 que, en contra de lo que era ya una tradición, aquella Navidad los arcos de la Puerta de Alcalá no darían cobijo a Nacimiento alguno, cacicada que no fue del agrado de los dos chiflados estos, Rafa y Jesús, que se presentaron allí con una docena de otros que tal, ataviados todos de figuras vivientes del belén. A partir de entonces, y durante un tiempo, Jesús y Rafa serían para mí indisociables, hasta adquirir cada uno sus propios contornos, así en mi vida como en mis afectos.

Dos por el precio de uno

No era raro, sin embargo, confundir a este par de dos. Que se lo digan si no a los polis de Madrid la vez que Poveda le pidió a Lozano que se hiciera pasar por él, para lo cual no tendría ni siquiera que caracterizarse, pues uno y otro eran tiarrones barbados a lomos de motos de gran cilindrada. Sucedió durante una sentada frente a la clínica abortista Dator y el propósito era que los antidisturbios se llevaran detenido a Rafa creyendo que se trataba del fichadísimo Jesús, y en lo que tardaban en descubrir el cambiazo, poder Poveda encadenarse a las puertas de la Dator… o algo así. No recuerdo cómo terminó todo, pero no me extrañaría que acabaran los dos en el calabozo. Sirva la anécdota, de cualquier manera, para subrayar el compromiso provida de los personajes, en el caso de Rafa desde el seno materno; y no es, no, un recurso literario, una licencia periodística.

Una de detectives

Hijo de madre soltera, el padre de Rafa puso todas las facilidades para que este no viniera al mundo. Pero acontecimientos posteriores confirman que el desenlace fue otro; más feliz y mejor. Y, a pesar de que hubo de criarlo solo, la madre nunca le habló a Rafa mal de su padre, casado con otra mujer, por cierto. El empeño de la madre quizás hizo que nuestro protagonista no se convirtiera al crecer, quién sabe, en un fuera de la ley, como probablemente lo era su hermano. Porque aunque Rafa no conoció a su padre, sí conoció a uno de sus hermanos. La historia tiene tintes detectivescos y empieza con un Rafa ya crecidito en casa de su madre encontrando sin buscarla una pista: un extracto bancario con una dirección de Madrid. El caso es que Rafa voló desde Las Palmas hasta allí, donde se entrevistó en una cafetería del extrarradio con un tipo en el que no podía dejar de verse reflejado como en un espejo deformado: su hermano. Fue este quien, entre otras muchas cosas, le contó a Rafa que su padre -el de los dos- había muerto. Al despedirse ambos con un abrazo y palmotear Rafa el costado de su hermano notó el tacto frío e inconfundible de una arma corta. “Sin una de estas, no eres nadie en Madrid, hermanito”, le dijo el tipo. Pero esta es la anécdota, porque lo categórico de aquel encuentro fue que Rafa, nuestro Rafa, reunió piezas suficientes que le ayudaron en la labor que habría de ocupar su vida: descubrir quién era.

El camino más corto

Ahora bien, que nadie se imagine a Rafa tumbado en el diván de un psicoanalista dando vueltas alrededor de su ombligo. Porque si algo predicó en su vida, con la palabra y el ejemplo, con oportunidad o sin ella -opportune et importune-, era que el camino más corto para encontrarse a uno mismo era el olvido de sí, la entrega a los demás. Él así lo hizo, y de manera especial, sin reservas, con Lola, su mujer. De hecho, hay un momento en que la historia de Rafa es también la historia de Lola, y al revés. Todo empezó en la cafetería de la facultad, donde me da que la pareja agotó hasta la última convocatoria de la carrera. Allí fue el flechazo. Y eso que ella llevaba puesta una chapa de Herri Batasuna, no tanto porque reivindicara la incorporación del archipiélago canario a una fantasmagórica Euskal Herria, como por entender que aquella era entonces la manera más efectiva y ruidosa de ir a la contra. Y es que Lola era lo que hoy llamamos una antisistema, alguien quien so capa de luchar contra la injusticia en el mundo pretende también -con peor o mejor intención- subvertir el orden natural de las cosas. Quién la ha visto y quién la ve.

Loca historia de amor

La Lola de después no se explica sin Rafa (y, de nuevo, al revés). Porque juntos corrieron una carrera de quiebros al destino que significó un mentís a la protestantísima y calvinistona teoría de la predestinación, una enmienda a su totalidad, y, por contra, una feliz reivindicación de la muy católica -y española- idea del libre albedrío. Aquí el pistoletazo de salida fue el día que se dijeron que sí, que querían, que se querían, que estaban dispuestos a que la suya fuera una loca historia de amor, escapando siempre los dos juntos de las estadísticas, esas que dicen que cada equis minutos se rompen en España no sé cuantísimos matrimonios.

Una boda como Dios manda

Recuerdo ahora una vez en su casa que, a los cafés después de comer, me atizaron a traición con el álbum de su boda, con esa ilusión de los recién casados, solo que con la salvedad de que ellos acumulaban ya unos cuántos trienios en la cosa matrimonial. Pasando páginas y más páginas, viendo fotos y más fotos, cualquiera se convencía de que aquella no había sido una boda cualquiera, de la misma manera que ellos tampoco lo eran. Había sido, más todavía, una boda como Dios manda, en la que lo secundario se ajustó a la medida de lo posible -de sus posibles, de Rafa y Lola, bastante escasos, por cierto- como acreditaban las bandejas de sándwiches, las botellas de cocacola y cerveza, las bolsas de hielo de gasolinera, las mesas plegables, los manteles de papel, las guirnaldas de colores, y todo como enmarcado en los bajos de un bloque de viviendas de una barriada de Las Palmas. Pero el milagro de la boda no fue convertir el vino de tetrabrick en vino bueno, sino que casi veinte años después Rafa y Lola siguieran luciendo como el día aquel: alegres, divertidos, jovencísimos, guapérrimos, sexis, llenos de vida y, sobre todo, confiados.

El Señor de Lozanillos

Confianza el uno en el otro y confianza -a la fuerza, pero también de buen grado- en la Providencia, que si quiera por no negarse a sí misma siempre proveyó. Porque a lo largo de su historial laboral, a Rafa las cosas le fueron bien, mal, peor o, directamente, no le fueron, con alguna que otra temporada fichando cada tres meses en la ventanilla del paro. Pero ni aún así perdió nunca la presencia de ánimo, ni el humor -el bueno, claro- ni el señorío. Téngase en cuenta que, ante todo, él era un señor, y con mayúsculas; era el Señor de Lozanillos, como le gustaba titularse, en referencia a sus hijos, tres chicos y tres chicas, cada uno de su padre -Rafa- y de su madre -Lola-, o sea, únicos e irrepetibles los seis pero con un inconfundible aire de familia. Cómo se las apañó el matrimonio para sacarlos adelante, ya digo, la respuesta hay que buscarla en la Providencia, que al final, cabe insistir, siempre actuaba, y con la precisión de una de esas tiendas de campaña que se montan solas en el aire al sacarlas de sus fundas; tiendas, por cierto, con las que los Lozano sembraron durante varios veranos los caminos que llevan de Madrid a Medjugorje, en peregrinaciones por ellos organizadas.

Ángeles en el garaje

Medjugorje marcó en la vida de Rafa un antes y un después, o eso le interpreté yo una vez que le entrevisté. Lo cierto es que a la vuelta de su primer viaje allí, sacó la televisión del salón y la colocó en el lugar que merecía: el cubo de la basura. Digo yo que para hacer hueco, pues a partir de entonces las puertas de casa de los Lozano serían puro atrezzo, sobre todo las del garaje, en cuyo interior llegaron a congregarse grupos de oración de hasta medio centenar de personas. Apuesto que nunca nadie podrá decir que Rafa o Lola se reservaron alguna vez el derecho de admisión o hicieron acepción de personas, pues a su casa entraba no solo quien hubiera peregrinado con ellos a Medjugorje, sino cualquiera que pasara por allí. Y apuesto también que en su hospitalidad acogieron, sin saberlo, ángeles, como reza el salmo, y a ver si no camuflados entre los visitantes de vidas más rotas y corazones más supurantes. Lo cierto es que los Lozano se tomaron muy en serio lo de que el hogar familiar ha de ser también Iglesia doméstica, adjetivo al que implícitamente añadieron el de “clandestino”, y no solo por los ritmos y penumbras del garaje. A lo que quiero apuntar es a que en los últimos años Rafa y Lola se volcaron en la ayuda a personas insatisfechas con su condición homosexual, actividad hoy perseguida por la ley. Pero esta es ya una batalla que al Señor de Lozanillos no le tocará librar.

La gran incógnita

No se trata, ojo, de echar las campanas al vuelo y declarar a Rafa, irresistibles a los trámites como somos, santo súbito, por más que sea cierto que pasó por la tierra haciendo el bien. Se trata más bien de afirmar esperanzados que, tras “larga y penosa enfermedad” (como rezaban antes las esquelas del ABC), ya descansa en paz, y de afirmar también que, tras toda una vida viendo borrosamente, como en un espejo, Rafa ya mira cara a cara y ha despejado la gran incógnita: descubrir por fin quién es.

 

Rafa Lozano

Todo empezó hace 25 años en Mairena del Alcor en la feria de abril de este pequeño pueblo sevillano. Como en los grandes acontecimientos, quien nos presentó fue Jesús Poveda, al que muchos posiblemente conocéis.

De esas conversaciones, regadas con finos, rebujitos y sevillanas por doquier, nació una profunda amistad.

Corría el mes de marzo de 1992, en pleno apogeo de la Exposición Universal de Sevilla, cuando tuve mi primer contacto con Rafa Lozano. Un tipo de Las Palmas, de la playa de las Canteras. Habíamos coincidido todos en una actividad organizada por el doctor Jesús Poveda, para realizar un rescate en las puertas de un establecimiento abortista, en la conocida calle de Eduardo Dato, junto al estadio Sánchez Pizjuan.

Quién nos iba a decir que de aquella ocasión llegaríamos hasta hoy.

Son muchas las personas que me han pedido que escriba una letras sobre mi experiencia personal con Rafa Lozano y su familia. A día de hoy, escribiendo estas letras se me hace un nudo en la garganta y saltan de mis ojos pequeñas lágrimas de recuerdo hacia mi amigo, mi hermano Rafa.

En diciembre de ese mismo año, 1992, Rafa vino a Madrid con Lola, entonces su novia; Pino, hermana pequeña de ésta y Guillermo, a quien conocemos cariñosamente como Willy, a quien conocí en el mes de marzo junto a Rafa. De nuevo fue Poveda quien propició este encuentro. Rafa y sus tres acompañantes vinieron durante el puente de la Inmaculada a Madrid y se alojaron en casa de mi madre.

Fueron días de muchas conversaciones, de idas y venidas a diferentes actos con Jesús Poveda. Fue el germen de esta amistad que durará hasta que nos volvamos a ver en Cielo, y que continua con Lola y sus seis hijos.

Escribir sobre nuestra vivencias da para mucho y no quiero cansarte querido lector. Durante los próximos posts voy a traerte algunos testimonios de personas que conocieron a Rafa Lozano, para que puedas conocer quien era este singular canario que vivió una vida plena junto a su mujer y sus hijos.

Cuando Rafa Lozano me llamó en septiembre de 2015 para darme una noticia, pensé en un nuevo rumbo profesional. Rafa trabajaba por entonces en Red Madre y pensé que venían tiempos de cambio. Pues no, en esta ocasión era algo mucho más importante que un simple cambio profesional. Había estado en Medjugorje, como cada verano desde 2005, visitando a la Gospa (la Virgen María en Bosnia), y días antes de salir en una visita rutinaria al médico, éste le había comentado que a la vuelta debido a unos dolores debía hacerse unas pruebas. Rafa que no era un tipo de ir mucho al médico, esta vez se lo tomó en serio. Rafa me llamaba para contarme sobre la realidad: le habían detectado un tumor en el hígado y debía empezar un tratamiento muy duro de quimioterapia, y quería que estuviese al tanto.

Un paréntesis importante: cuando Rafa decidió casarse con Lola en 1994, corrígeme Lola si equivoco las fechas, un buen día me llamó para decirme que quería contar conmigo en su boda. Desde 1992 nos habíamos visto en algunas ocasiones ya que yo vivía en Madrid y él entre Las Palmas y Bilbao. Para mí fue un honor y una gracia divina muy especial poder estar ese día tan importante en la vida de Rafa y Lola. Es más, poco tiempo después de la boda, mes y medio en concreto, Willy y yo nos fuimos a Castro Urdiales a ver a Rafa y Lola. No llevaban casados ni dos meses y les echábamos de menos. Un año después nació Carlota, primera hija de Rafa y Lola, y poco tiempo después volé a las Palmas a conocer a la primogénita. Entre Castro Urdiales y Las Palmas, Rafa y Lola vivieron su primera temporada en Madrid y en muchas ocasiones pasábamos largas tardes en su casa o en casa de mi madre. Algunas de las cosas que ya no se utilizaban en casa se las dimos a Rafa y Lola para poner su primer hogar en Madrid. Mi madre, como siempre, trató a Rafa Lozano y Lola como si fueran sus propios hijos. Cuando Rafa y Lola volvieron por segunda vez a Madrid, ya habían nacido además de Carlota, Marta, Elena y el pequeño Álvaro, que tenía más o menos 6 meses. Los meses anteriores a la llegada de Lola, Rafa estuvo viviendo en casa de mi madre. Hicimos muchos viajes juntos, incluido uno en moto al Santuario de Torreciudad, aguaceros incluidos en pleno mes de agosto. Y vivimos, no me arrepiento decirlo, como auténticos hermanos. Rafa me saca 6 meses de edad. En Madrid tiempo después nació Tomás y después por último Jaime. Un buen día que estaba viendo a Lola y Rafa en su casa de Moratalaz, me pidieron ser el padrino de Bautismo de Tomás. Voy terminando el paréntesis: cuándo en 2009 decidimos casarnos Regina y yo, el sacerdote de la Iglesia de Santa Bárbara, nos preguntó quien serían los padrinos y los testigos mayores, que normalmente son la madre de la novia y el padre del novio. En mi caso, mi padre había fallecido en 2005, lo tuve muy claro, el testigo mayor sería Rafa Lozano. Quien siempre ha estado en los buenos y en los malos momentos se sentó junto a los demás testigos, mis hermanos. Fue el día más feliz de mi vida y allí estaba Rafa para confirmarlo. Cuando meses después nació nuestro primer hijo, lo tuvimos claro los dos: sus padrinos serían Rafa y Lola. En todas las celebraciones de bautizos de nuestros hijos siempre han estado Rafa y Lola presentes. Rafa me trataba con cariño como si fuéramos hermanos. Hermanos en la fe y hermanos en tantas y tantas vivencias a lo largo de 25 años.

Rafa Lozano

Pocos días después de aquella conversación telefónica estuve con Rafa en su casa. Aquellos primeros momentos a su lado no paré de llorar. A Rafa se le saltó alguna lágrima y me confortó ver que mi amigo estaba fuerte por dentro ante la que se avecinaba.

Cuando en el mes de agosto pasado, Rafa Lozano volvió de Las Palmas junto a Lola y sus hijos Tomás y Jaime, hablé con Lola para ir a buscarles al aeropuerto y llevarles a casa. Ese día fui con Enrique, su ahijado, a buscarles. Supe que sería la última vez que Enrique Jr vería a su padrino a quien quiere con locura. Rafa estaba literalmente destrozado. El siguiente mes estuve en varias ocasiones con él en el Hospital, nos reímos en alguna ocasión y bromeamos y por supuesto rezamos a la Gospa y al Señor por el milagro de su curación. Hasta el último suspiro de la vida de Rafa Lozano todos creímos en el milagro que podía manifestarse de dos maneras: o con la curación física o con la marcha de Rafa, directamente al Cielo. Finalmente en la madrugada del 5 de septiembre Rafa partió hacia la morada eterna junto al Padre y la Gospa.

Hoy te traigo el primer testimonio. Leído por su hija Marta en la monición de los funerales de cuerpo presente de Rafa en el tanatorio de la M30 y en el funeral en la parroquia de San Alberto Magno. Fiel reflejo de todas las vivencias de Rafa, a lo largo de sus casi 47 años.

Queridos hermanos, nos reunimos hoy en esta Santa Misa con motivo de la muerte de nuestro padre, esposo, hijo, amigo, hermano, Rafa Lozano Rubio.

Durante años hemos tenido la oportunidad de acompañarle a menudo en la celebración de este sacramento, un momento de gracia y de unión plena con Dios, que él describía como el “motor de su vida”. En los últimos días, hemos disfrutado del privilegio de compartir sus últimas misas, reunidos en su habitación del hospital, y ser testigos de su profunda fe, firme hasta el último momento, y de su amor a Jesucristo, a quien unió su sufrimiento desde el principio de la enfermedad.

Hoy os invito a todos a vivir este momento como él lo hacía. A abrir el corazón sin miedo, y descansar en Dios todo el dolor, toda la tristeza, dejando que Él sea nuestro principal apoyo y consuelo, tal como ha sido siempre para Rafa.
Os invito a que vivamos esta Santa Eucaristía como hermanos, como una verdadera familia. Siendo conscientes de que, por la comunión de los santos, Rafa participa de ella junto a nosotros. La última vez que hablé con él, así me lo dijo: “Yo tampoco quiero irme. Pero si esa es la voluntad de Dios, seguiré con vosotros, os acompañaré continuamente, y os ayudaré siempre.”

Queridos hermanos, meditemos y celebremos ahora el Amor de Dios, ese Amor tan puro e infinito, que se convierte en un misterio inabarcable para nosotros. Dando gracias porque, por él, hemos disfrutado del regalo de la vida de Rafa durante estos años. Dando gracias, porque de él surge la fuerza y belleza con que Rafa ha amado a su esposa, Lola. Dando gracias, porque por él comenzó todo, mediante la valentía de la persona que le enseñó a crecer, su madre, Fanny. Dando gracias porque, por él, Rafa tuvo, educó y amó, cada día, a cada uno de sus hijos. Dando gracias porque, a través de él, hizo tantas amistades sinceras, con las que disfrutó y compartió su vida. Meditemos este misterio recordando que, como dice el Cantar de los Cantares “fuerte como la muerte es el amor”, tanto el Amor de Dios, como su reflejo, el amor de Rafa por todos nosotros.

Rafa ha sido siempre un ejemplo de vida cristiana. Un ejemplo de amor y de alegría. Unámonos a María, nuestra madre, a quien tanto cariño él tuvo siempre, agarrémonos fuerte de su mano, y por intercesión del Espíritu Santo, dispongamos nuestro corazón para participar del sacramento que ahora celebramos.